Aunque mis artículos fueran leídos menos que un currículum,
no les quepa ninguna duda de que yo seguiría escribiendo. Y lo mío no es
ejemplo de nada, pero como escribo para curar esta locura de explicarme la vida
y conseguir la paz que necesito, creo estar en situación de ayudar contra el
desánimo a quien necesita eso que es “paja” en la Constitución, o sea, el
trabajo.
En primer lugar, debo reconocer que juego con ventaja, pues
no puedo hacer bueno el símil cuando mi felicidad está en el camino y la del
desempleado está en la meta. Pero a ver si entre los dos hacemos algo.
Todos hemos visto montañas de currículums echando lágrimas,
y como éstos no tienen el valor de los tapones solidarios, su destino ha sido
el holocausto moderno: una trituradora. En tiempos fueron las papeleras, y allá
en otras épocas esos currículums prestaban un buen servicio a los oficinistas,
que podían escribir por la otra cara.
Pero aun así, no decaiga, amigo, siga echándolos. Aunque le
aconsejo que vaya con otro ánimo: no salga a buscar trabajo, salga a buscar
dinero, que trabajo lo va a encontrar, piense en los ríos que hay para
desbrozar y puede que los alcaldes te dejen hacerlo, pero de dinero no cuentes
con un solo duro.
Pero vayamos con algún consejillo y luego hablamos del
camino que nos trajo hasta aquí. En primer lugar, esa cifra de 6.000.000 de
parados con los que convivimos, que acabaría con una nación como Suiza, de
parecido número de habitantes, no debe asustar a cada desempleado en
particular, pues a ninguno se le exige que tenga que esperar a que se coloquen
todos. La misión de cada parado es colocarse él mismo.
Otro dato, el número de empresas en España son 3.195.210, y
si cada empresario empleara a un trabajador, el paro se reducía a la mitad en
24 horas. Pero esto lo veo más difícil, y no porque el empresario sea un ser
sin alma, sino por la espiral en la que presuntamente nos han metido los
banqueros, algunos consejeros del Gobierno y los sabios de la CEOE con el señor
Díaz Ferrán a la cabeza.
Las ideas de estos europeístas era flexibilidad en el empleo
y bajada de salarios. ¡Éstos sí sabían lo que se debía de hacer en su beneficio!
Con unas leyes laborales “a uebo”, debían producir sin miedo y exportar la
mercancía a la taiwandesa, es decir, en relación al costo de la mano de obra
pero con incremento de beneficios.
¿Y qué pasó con el resto de las empresas? Cuando yo era
pequeño, no es mi deseo ofender, había una frase muy fea que explicaba muy bien
esto: “maricón el último”. Y eso es lo que pasó: a partir de esas medidas
gubernamentales, el empresario más tonto, que conocía a todos los demás, se
daba cuenta que en los bolsillos de los españoles no iba a quedar ni un duro, y
ante ese panorama, sin infraestructuras para exportar, ¿a quién iban ellos a
vender sus productos? La solución, echar a gente y reducir el gasto.
Vea otro de mis artículos de los martes en www.salamancartvaldia.com
Esta semana con el título: "En el paro y sin tabaco".
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