viernes, 25 de noviembre de 2011
Que se casen, si quieren
El apóstol San Pedro, cuando habitaba esta tierra y era llamado Simón Pedro, tuvo madre, mujer, hija y suegra, y a su muerte, además de concedérsele el tratamiento de santo, lo nombraron “jefe de seguridad” en las puertas de palacio, donde me imagino que tendrán algo de mano izquierda sus cuatro mujeres. Pero no nos quedemos sólo en la vida de San Pedro por ser el mandamás. En los primeros siglos del cristianismo los curas se casaban y San Pablo sólo les puso como condición que fueran “hombres de una sola mujer”. Esto hasta que unos siglos después hubo restricciones. Así, hacia el siglo IV se exigía a los sacerdotes que, como símbolo de pureza, debían abstenerse de realizar el acto sexual el día anterior a la celebración de la Eucaristía, que una vez traducido significaba cohabitar unas tres veces a la semana, pero con tan mala suerte que por falta de curas o por “overbooking” de feligreses terminaron celebrando misa todos los días. Total, que aquello no se cumplía, y peor aún al estar la mayoría casado o amancebado. Por tanto, más que sacerdotes, la Iglesia buscaba héroes, y en el Concilio de Letrán de 1139 se promulgó la ley del celibato. Una Ley que en la práctica se quedó sin sustancia. Hubo que esperar al Concilio de Trento, siglo XVI, para que la abstinencia se implantara con mayor fuerza, sobre todo cuando la Inquisición comenzó a mandar con contundencia. Así, la cosa se puso muy feíta, diría Chiquito, y se enfundaron las armas. Y hasta aquí debo llegar con un resumen de lo histórico. Lo que ocurre en la actualidad es lo mismo pero sin Torquemada. Con esto me gustaría haber complacido al amigo que me preguntó aquello de “tú qué piensas de que los curas se casen”. Espero que con la Iglesia no hayamos topado.
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