martes, 12 de junio de 2012

Nadal, alemán

Eran las dos de la tarde de ayer, el tiempo se había detenido en dos segundos, la bola del serbio Djokovit bajaba en un pis-pas hacia fuera de la pista y la emoción no tardó ni dos segundos en desbordarse. ¡Qué grande Rafa! ¡Siete victorias en Roland Garrós! Björn Borg, que había conseguido seis, estará orgulloso de tan digno sucesor. Un heredero que si fuera futbolista sería una mezcla de Ronaldo y Messi; si ciclista, entre Eddy Merkx e Indurain; si se dedicara al baloncesto, no estaría lejos de “la bomba” Navarro y su referente en las gradas, el gran Gasol, con quien Nadal se fundió en un abrazo, y, por último, si fuera torero, sería la mezcolanza entre José Tomás y Enrique Ponce, honradez y elegancia. Pero en esos instantes era Nadal, el último grande. Un deportista tan enorme como humilde, que le avergüenza fuera de la pista desbancar a sus compañeros Djokovit o Federer de los números 1 y 2, que se los están pasando entre los tres como peloteando. ¿No podían hacer una excepción? ¿Convertirlos en un triunvirato y ser los tres números uno? La anécdota la pone un amigo sesentón que ve la tele junto a mí: “disfruta de esto, que campeones así no los vamos a tener jamás”. Lo dice con pena, como si fuéramos a vivir eternamente y en los próximos siglos vamos a tener mediocres. “Permíteme, amigo, que te diga que nosotros con seguir disfrutando de éstos quedamos amortizados”. Después de éstos vendrán otros para que otros disfruten, porque serán un ejemplo de superación para próximas generaciones.

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